Hoy hace 67 años “Islero” mató a MANOLETE


por Alberto Lopera

ASÍ FUÉ LA TRAGEDIA,  por EL VITO

El 28 de agosto de 1947 fue un día muy caluroso en la península Ibérica. El ambiente estaba caldeado, en lo político y en lo militar. La opinión pública se estremeció como causa de los sucesos de Cádiz, donde un polvorín estalló y destruyó media ciudad. En Londres el primer Ministro Atlee había regresado de sus vacaciones y se prestaba reiniciar sus labores al frente de los destinos de la Gran Bretaña.  En pleno Atlántico los emigrantes judíos a bordo del barco Ocean Virgour declararon: Antes nos echaremos al agua que desembarcar en Hamburgo. Vamos camino a la tierra prometida

La noche del 27 de agosto se desplazaba un coche Hispano Suizo por la carretera Jaén-Madrid; era un coche azul que llevaba dentro al torero más polémico de la época, a la máxima figura de la torería. La policromía de los carteles colocados a la entrada de los pueblos de Jaén, anunciaba las corridas de la Feria de Linares, iluminados con el amarillento titilar de las lámparas en las esquinas de las blancas calles andaluzas. El coche azul de Manolete se comía el viento, porque parecía que no llegaba a tiempo a la eternidad. En los corrales de la plaza de Linares estaba una corrida de Miura. Entre los seis toros, uno cárdeno, bragado, agalgado, cariavacado, cornicorto, de nombre Islero.

Islero había nacido en la finca La Cascajosa, donde pasen las vacas de la familia Miura. El becerro había sido destetado de la vaca Islera y en el herradero lo habían marcado con el número 22. En el tentadero de machos Islero no dijo nada especial. Fue un novillo normal. Le separaron para una corrida de toros que iba a Murcia, como lo fueron los cinco hermanos que le acompañaron en los corrales de la plaza de Linares. Quince días antes de la Feria de San Agustín, Pedro Balañá llamó a Eduardo Miura para decirle que necesitaba que la corrida que estaba destinada a lidiarse en Murcia se lidiara en Linares. Eduardo Miura le dijo al empresario catalán que se había comprometido con la gente de Murcia, a lo que Balañá le dijo que él se responsabilizaba y arreglaría el asunto con los murcianos.

Ya todo estaba listo para que los clarines y los timbales anunciaran la salida del quinto toro de la tarde, de “Islero”, número 22 de la ganadería de Miura y que le correspondía en segundo turno a Manuel Rodríguez “Manolete”.

Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana, había estado muy bien en su primero, en especial con el capote, escuchando una gran ovación y petición de oreja; con el cuarto de la tarde Gitanillo más bien abrevió, dadas las condiciones del miureño. Además, él estaba de relleno, la gente había ido a ver a Manolete frente al joven madrileño Luis Miguel, quien venía arrollando, dispuesto a quitar de su sitio al cordobés, Buscando guerra sin dar cuartel.

Dominguín con el tercer toro de la tarde había cortado una oreja; había realizado una faena valentona, con pases de rodilla, desplantes y esas cosas que agradece el graderío y que exaltan cuando desean quitar a alguien del medio. A Manolete lo querían quitar de en medio, triunfaba demasiado, ganaba mucho dinero y nunca perdía.

Manolete había matado al segundo de la tarde luego de lidiarle en medio del contento general; con la capa había bordado el lance a la verónica, con la muleta inició el trasteo con tres pases por bajo, siguió con cuatro naturales de sensación, dos más; manoletinas, música y mata de pinchazo y estocada sin descabello. Le ovacionaron, saludó desde el tercio y al toro le pitaron en el arrastre.

Islero pesó en vivo 495 kilos; era cárdeno entrepelado, astigordo y cornicorto. Manolete lo recibió con tres verónicas superiores. Luego de que “Islero” fuera picado, sin que se comportara como bravo en los caballos, Manolete inició su faena con cinco naturales y desafió al toro metiéndose en medio de los mismos pitones. Otra serie de naturales, superior. Otra serie de naturales. Cayeron prendas de vestir. Cuatro manoletinas inmensas, pases por alto colosales y siguió con otros diversos. Entró a matar, dejándose ver, colocando un estocadón a la vez que salió prendido y derribado. En brazos de los asistentes fue conducido a la enfermería, al parecer con una cornada, pues llevaba la ingle llena de sangre. A la enfermería le llevaron las dos orejas y el rabo que le habían sido concedidas.

Luis Miguel, con el sexto dio una vuelta al ruedo.

Manolete llegó en estado de shock a la enfermería. Como lo primero era atender al restablecimiento del estado traumático, se le taponeó la herida y se le aplicaron los remedios de más urgencia. Los curiosos se apiñaron en la sala de curas de la plaza de Linares, tal vez demasiados curiosos que impedían se desenvolvieran médicos y enfermeras con libertad. No había sábanas y tuvieron que colocarlo sobre capotes de brega. Se tuvieron que buscar vasos en una tasca frente a la plaza, no los había ni para tomar agua en la enfermera de Linares. Los doctores Carbonell y Garzón le hicieron la primera operación y la primera sangre la recibió de un cabo de la policía de nombre Juan Sánchez. El parte facultativo decía: “Herida de asta de toro situada en el ángulo izquierdo del triángulo de Scarpa, con un trayecto de veinte centímetros de longitud de abajo hacia arriba y de adentro afuera ligeramente de delante atrás, con destrozo de fibras musculares del sartorio, fascia cribiforme, recto externo, con rotura de la vena safena y contorneando el paquete vascular nervioso y la arteria femoral en una extensión de cinco centímetros y otro trayecto hacia abajo y hacia afuera de unos quince centímetros de longitud, con extensa hemorragia y fuerte shock traumático. Pronóstico: muy grave“.

¡Ay Pelu! ¡Hoy duele mucho la ingle! “Le dice a su primo y banderillero Cantimplas”. ¡Pepe, qué susto he pasao! ¿Ese sitio es muy malo? Le pregunta ahora a Camará, su apoderado.

De la enfermería de la plaza lo llevaron al hospital de Linares. Inyecciones de suero fisiológico, cafeína, antitoxinas, cardiazol, efedrina, todo lo que la ciencia médica podía emplear. Pero Manolete no reaccionó nunca del shock.

“Me encuentro muy mal”, le dijo a don Álvaro Domecq. “¿Maté al toro de la estocada? ¿Y no me han dado ni una oreja?”. Al saber por Camará que le dieron las dos y el rabo se sonrió; él, que nunca sonreía, lo hizo al borde de la muerte. Luego volvió a exclamar: “¡Dios mío, qué malo me encuentro! Álvaro, tráeme mis medallas. Cómo sufrirá mi madre”.

A las cuatro de la tarde palideció con matices trágicos. Reconoció a Domingo Ortega, que acababa de llegar. Diez minutos más tarde llegaba el doctor Jiménez Guinea, y le dijo: “Don Luis. ¿No me mete usted la mano?”. Al cabo de un tiempo preguntó: “¿Tengo los ojos cerrados?”. ¡Y los tenía abiertos! Vidriosos por la proximidad de la muerte.

Unos minutos antes de las cinco sobrevino un colapso por el shock, y el capellán del hospital le suministró la Extrema Unción. Su última palabra fue para llamar a su peón de confianza: ¡David!

A las cinco entró en agonía. Sin estertores ni angustias, ni suspiros… Inclinó la cabeza a la derecha, como si buscara con su ciega mirada un camino de salvación. El doctor Tamames, que le sujetaba el pulso, exclamó:

¡Ha muerto!