Tres grandes en la plaza Santamaría


por Carolina Baquero

 

Con una entrada que alcanzaba los tres cuartos, a las tres y treinta de la tarde y bajo un sol que adornaba la capital de la República colombiana; sonaron clarines y timbales para ver a tres muy buenos toreros, los que no defraudaron sino que enorgullecieron a la afición.

Se lidiaron siete ejemplares de la ganadería de Juan Bernardo Caicedo, de buena presentación y juego desigual, sobresalieron por su nobleza; aunque en su mayoría les costó acudir con prontitud a la muleta. Sobresalieron los lidiados en primer y sexto lugar, éste último fue indultado.

Confirmó su alternativa el pausa, Juan de Castilla, ante un toro que se le prestó para unos bonitos quites con el capote y que se le arrancó de largo en la muleta. La faena a este noble y bravo ejemplar, fue limpia, templada y fundamentada en el pitón derecho que era el más potable. Castilla es un torero pausado e inteligente, lo supo aprovechar pero desafortunadamente a pesar de una estocada entera, escuchó un aviso porque el toro tardó en caer. Estocada y tres descabellos. Silencio y palmas al toro.

Cómo torea de bien este antioqueño llamado Juan de Castilla, quien pechó con un buen ejemplar que recibió el perdón a la muerte. El torero se degustó toreándolo en redondo por las dos manos, administrando correctamente los tiempos y las distancias; el público definitivamente se enamoró de su tauromaquia, porque le gusta ser profundo y va bien por ese camino de aprendizaje que lo está llevando a grandes cosas. Dos orejas simbólicas e indulto al toro.

El primero toro del lote del maestro Enrique Ponce, se mostró tardo desde los primeros tercios de la lidia y efectivamente le hizo difícil al matador español el lucimiento ante el poco motor y picante del toro, que lo que sí mostraba en positivo era su nobleza. El maestro comenzó por doblones, lo cuidó bastante llevándolo luego a media altura, zapatillazo aquí y allá; algunos pases de bella estampa, cómo es costumbre en este gran torero, pero no mucho más. Estocada de gran ejecución y colocación, una verdadera suerte suprema. Oreja.

Fue una gran tristeza y desilusión la que se llevó el torero valenciano y la afición de Bogotá, porque todos anhelaban ver al maestro de maestros, pero no fue posible en su máximo esplendor porque el ejemplar no quiso arrancar nunca, no valió voz ni nada para que acudiera a la muleta del diestro, quien en muestra de su honestidad buscó sitios y distancias pero no se pudo. Estocada atravesada y descabello. Palmas.

El maestro Ponce regaló un séptimo toro para una afición que se lo pedía a gritos. Fue la cereza en el pastel para cerrar la noche con un muy buen ambiente, la faena estuvo llena de sentimiento, ese de agradecimiento entre los asistentes y el torero, que toreó muy suavecito, pocas tandas pero con mucho contenido… lastimosamente el toro se lesionó su mano izquierda y el diestro tuvo que abreviar. Un detalle que debemos resaltar… mientras el maestro trataba de perfilarse para matar al toro, un hombre desde las torres residenciales que colindan con La Santamaría, gritó: “Asesinos”, ante esto los aficionados quisieron callarlo, pero el maestro que es un caballero de pies a cabeza se llevó su dedo índice derecho a la boca pidiendo que hubiese silencio y con gestos muy delicados, envió el mensaje que hiciéramos caso omiso a esas palabras necias. Estocada. Oreja.

Andrés Roca Rey no tuvo suerte con el tercero de la tarde, y ya bien lo sabía él que no lo quiso brindar tras ver su comportamiento en varas (picado en querencia) y en banderillas. La faena fue entre las lineas concéntricas y las tablas, ya que constantemente el toro buscaba el abrigo de ellas. Roca se arrimó, lo persiguió, le aprovechó los viajes y le sacó de uno en uno por los dos pitones, aunque el más potable era el derecho. La afición capitalina valoró el esfuerzo del peruano que intentó ejecutar faena pero le fue muy complicado hacerlo. Estocada trasera y tendida.

La Santamaría se rindió ante las habilidades del peruano, Andrés Roca Rey, que desborda valentía, honestidad y mucha cabeza para lidiar. La faena no fue la más limpia porque el toro tendía a trompicar la muleta, pero la continuidad que logró el torero, los redondos, los encunamientos y la virtud de hacer ver mejor al toro; hicieron que los tendidos vibraran de alegría. Un estocadon. Dos orejas.