Agua bendita de Agüado


por Carolina Baquero

La quinta de abono de San Isidro tenía ambiente de corrida grande e importante, se sentía en los alrededores de la plaza y en las largas filas en los vomitorios. Y si, fue una tarde de cosas buenas, no siempre lo bueno se cuenta con muchas orejas; más con instantes imborrables.

Se lidiaron seis toros de la ganadería de Montealto y un 3 bis de la ganadería de Luis Algarra. De presentación dispar, pero correcta, aunque uno con 650 kilos se salía de la regularidad de la corrida. El juego fue dispar, pero en términos generales hubo raza, genio y exigencia.

El primer toro de la tarde era bonito de estampa, acusaba estado de abanto hasta llegar a la muleta de Ginés Marín; quien desde su inicio entendió que con la prontitud y en ocasiones violencia con la que embestía el toro, debía perderle paso para ligar los pases y convertirlos en tandas templadas, un temple difícil de conseguir; pero no este chico tiene además de conocimiento, mucho valor. Citaba con el cuerpo por delante, a varios metros de distancia para no ahogar a este toro que pedía espacio, aún más cuando era por el izquierdo, que era por el que más se vencía el de Montealto, un astado con casta pero sin control de sus velocidades y movimientos, atropellaba a su paso para llevárselo por delante. Un volapié de categoría y una estocada en extraordinario sitio de colocación. Oreja tras aviso.

Muy mala suerte tuvo Ginés Marín con el cuarto de la tarde, era un marmolillo, le pesaba cada gramo de su cuerpo… era que no quería moverse, cada vez se quedaba más parado. El torero español le buscó de todas las maneras encontrarle el sitio para torearle, se lo llevó incluso a la puerta de toriles, haber si en su querencia el toro pasaba, pero ni así. Pinchazo y estocada contraria. Silencio y algunos pitos al toro.

Luis David Adame tuvo un muy buen toro en suerte, le arrancó de lejos cuando le citó de rodillas para saludarlo con la derecha. También ya en el capote ante el quite de Pablo Agüado y el de lopecinas de Adame, cómo se repetía el toro. El toro exigía torearle más en redondo y no en línea recta como inició el mexicano, unos pases con despacio muy bonitos y templados; pero en muchos momentos de la faena, el ejemplar ha estado por encima del torero, que perdía la colocación y le tocaba rectificarla para cruzarse de nuevo. Le aguantaba allí muy cerca, ha tenido clase y maneras de buen torero. Mató recibiendo con una estocada perfecta. Vuelta al ruedo tras fuerte petición de la oreja. Palmas al toro.

El quinto pesaba 650 kilos de peso y estar tan atacado en la báscula, le resta movilidad y por ende emoción; es que Luis David Adame estuvo bien, lidiador, poniéndole allí la muleta y desplazándola, pero cuando hilvanaba dos pases, ya el tercero se descomponía porque el toro no pasaba, aunque se le veía que tenía la intención de embestir. Parte de la afición fue muy dura con el mexicano, sin valorar el gran mérito que suponía templar a un toro que pedía tirabuzón. Estocada desprendida. Leves palmas.

El tercer toro de la tarde fue cambiado por el reserva ( de Luis Algarra) después de la puya, pues se le veía con un defecto en los remos traseros. Ya con el sobrero en la arena, en los lances de recibo golpeó fuertemente en la rodilla a Pablo Agüado, que se reincorporó rápidamente pero con el dolor notable. Para rematar en la primera tanda, se lo llevó por los aires y aunque sin cornada, le dio un baretazo en el glúteo derecho. El toro era manso, reservón, se colaba, no se empleaba y con muy malas ideas; ha sido Agüado quien ha estado bien con él, trató de someterlo, cuando por el derecho era imposible, se pasó al izquierdo con el ayudado para alejarlo del cuerpo y que fuera más limpia la faena. Fue corta la lidia y luego con desconfianza entró a matar dos veces, cayendo muy bajas las espadas, en especial la segunda que lo alcanzó a calar. Silencio.

Arte es el que le corre por las venas a Pablo Agüado, qué buena faena la de este joven sevillano; en él se cumple que es calidad y no cantidad, porque la faena no fue larga, fue justa y con mucho temple, además de gran gusto con el que torea. El toro era bueno, perseguía el engaño, no era fácil porque su embestida no era dócil; era de entenderlo y combinar estética con autoridad. Los tendidos le entendieron perfectamente, y el matador ratificó que las cuatro de Sevilla, no fueron casualidad. Pero cómo no todo en la vida es perfecto ¡ah mala suerte con la espada! Perdió las orejas que se hubiesen pedido con mucha fuerza. Saludo desde el tercio.